El perfil de plastilina

Publicado el agosto 2, 2011 por Tinejo

Pues sí, el día que los nostálgicos del bolsillo repleto abusaron de su lagrimal al enterarse del plácido fallecimiento del testaferro supremo, va a coincidir, no casualmente, con la fiesta mayor de nuestra exótica democracia. Quién le podría decir a aquellos veteranos del saqueo asesino, pioneros del acaparamiento de bienes, servicios, almas y miembros vitales, que treinta y seis años después de la desaparición física del guía de los bandoleros, los descendientes de la raza rabiosa estaríamos engalanando la plaza del pueblo para bailotear al ritmo de la décima fiesta electoral que nos hemos permitido, transición mediante.

Liquidadas más de tres décadas de febril democracia auto otorgada (o auto impuesta, o automovilística por la rapidez con la que hemos consumido la responsabilidad de época tan lustrosa en comparación con la historiografía nacional) afrontamos a regañadientes unos escasos cuatro meses de batiburrillo enmascarado, de baile de disfraces en el que una pareja pretende patear al resto de convidados de plastilina. Todo se mueve arrítmicamente a través de un entorno de pasos blandos en que el resto de danzas torpes son conscientes de la inadecuidad de esa pieza que se repite una y otra vez, sin ánimo de cesar.

Seamos asquerosamente honestos. Los rostros que van a poblar las más lustrosas estructuras rectangulares de entrada y salida de las autopistas, los hombros de las farolas nocturnas que apelmazan nuestras divergentes melancolías, están muy vistos y quedan muy mal hasta en cámara maquillada. No nos interesan. No obstante, hay algo en ellos que se convierte en irresistible para unos pocos millones de probos ciudadanos con derecho a mucho voto, a organizada excursión de comicio y bocadillo dominguero. Siempre es feriado cuando de ensobrar papeletas sonrientes se trata; es buen día para tomar responsabilidades con cierta somnolencia, rauda la alerta frente a los molares y premolares lustrosos que se desactivan con la celeridad de un acto solemne tan poblado de rigurosidad anti dominical.

Las promesas están abastecidas de dinero público. Tras las dos conservadoras barbas se estimulan estructuras mastodónticas prestas a achuchar butacas acolchadas con derecho a chofer, café, insensateces excusadas y futuro amortizado. Para el resto se siguen reservando mullidos murallones en forma de grafiti espontáneo, algún que otro poste mal iluminado pero, sobre todo, mucha ilusión iniciática, como de hermano menor que hereda los restos del primogénito emancipado. Qué bella estampa de consecución libertaria, cuanta confianza depositamos en esa jornada expiatoria que permite desanclar nuestra algarabía electoral.

No confundamos la dirección a la que tenemos que acudir para sentirnos multitudinariamente agazajados; la fiesta que han venido disfrutando aquellos que tanto nos aman no está diseñada para invitados de tan mohoso abolengo. Desde lejos, con banderitas y brindis al sol rojigualda, de cuando en cuando nos obstinamos en soñar que somos cuerpo activo del bailoteo y el desmadre, pero hace unas horas que repiten la cancioncita de despedida con aires melancólicos. Es cierto, a estas horas de la juerga nuestra inconsciencia revierte su tono en sonido dance de última generación, pero no es más que una quimera aderezada por remaches y esparadrapos que ocultan la pelea de anteayer. De ésta no salimos, aunque en unos días vuelvan a anunciarnos prórroga de festejos, renovación de fuegos artificiales y una ronda para todos. A pesar, porque los pícaros manejan bien el negocio de la algarada electoral, de reconocernos, desde la organización, que las copas eran de garrafón. No importa, seguiremos haciendo cola para que nos pongan un sello a la entrada con la innoble intención de salir, circunspectos y ebrios, del local sonorizado irguiendo el rostro de los buenos electores.

Tomado de blog Casa Querida  http://casaquerida.com/2011/08/02/el-perfil-de-plastilina/

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