“RUINAS DE PALMIRA

CAPITULO XXIII

IDENTIDAD DEL FIN DE LAS RELIGIONES

Así habló el orador de los hombres que habían investigado el origen y la filiación de las ideas religiosas… Pero raciocinando los teólogos de diferentes sistemas, dijeron unos: “Es una exposición impía, que se propone destruir toda creencia, e infundir la alarma y la insubordinación en los espíritus, anonadando nuestro poder: es un cuento, dijeron otros y una reunión de conjeturas dispuestas con arte; pero sin fundamento alguno. Las personas moderadas y prudentes, añadían: Supongamos que todo eso sea verdad, ¿por qué revelar estos misterios? No hay duda que nuestras opiniones están llenas de errores, pero estos errores son un freno necesario para la multitud: el mundo marcha así, hace dos mil años, ¿por qué se quiere que hoy cambie de rumbo?

Ya empezaba a tomar mucho cuerpo el rumor de la reprobación contra toda novedad, cuando un grupo numeroso de hombres de las clases del pueblo y de los salvajes de todos los países, de todas las naciones, sin profetas, ni doctores, ni código religioso, se adelantó en el circo, atrayendo sobre sí la atención de toda la asamblea; y uno, alzando la voz, dijo al legislador:

“Arbitro y mediador de los pueblos: desde el principio de este debate estamos escuchando las relaciones más extrañas y nuevas para nosotros; y nuestro ánimo, sorprendido y confuso ante tantas cosas, unas sapientísimas, otras absurdas, que de ningún modo comprende, se queda con la misma incertidumbre y las mismas dudas. Sólo una reflexión nos hace efecto, y es ésta: al resumir tantos hechos prodigiosos, tantas aserciones contrarias, preguntamos: ¿qué nos importan todas estas discusiones?, ¿qué necesidad tenemos de saber lo que ha pasado cinco o seis mil años hace en un país que no conocemos, y entre hombres absolutamente extraños para nosotros? Que sea cierto o que sea falso, ¿de qué nos sirve saber si el mundo existe desde seis mil o veinte mil años a esta parte, si se ha hecho de nada o de algo, por sí mismo o por un obrero que también necesitaría un autor si ésto fuera así? ¡Cómo!, ¿seremos capaces de responder de lo que pasa en el sol, en la luna o en los espacios infinitos cuando no estamos seguros de lo que pasa cerca de nosotros? Hemos olvidado los acontecimientos de nuestra infancia, ¿y pretendemos conocer los de la del mundo? ¿Y quién atestiguará lo que nadie ha visto?, ¿quién certificará lo que nadie entiende?

¿Qué añadirá o disminuirá a nuestra existencia el decir o no sobre todas estas ilusiones? Hasta ahora, ni nuestros padres, ni nosotros hemos tenido el menor conocimiento de ellas, y no por eso hemos tenido más ni menos sol, más ni menos subsistencia, más ni menos bienes o males.

Si el conocimiento de todo ello fuese necesario, ¿por qué hemos vivido nostros sin él tan bien o mejor que los que tanto se inquietan por adquirirlo? Si es superfluo, ¿por qué nos cargaremos ahora con este peso?”. Y dirigiéndose a los doctores y a los teólogos continuó: “¡Cómo! ¿Habrá de ser preciso que nosotros, hombres ignorantes y pobres, que apenas tenemos bastante tiempo para cuidar de nuestra subsistencia, y para las labores de que vosotros os aprovecháis, habrá de ser preciso repito, que aprendamos todas estas historias que contáis, que leamos tantos libros como nos proponéis, que aprendamos tantas lenguas en que están compuestos? Mil años de vida no bastarían…”.

“No es necesario, respondieron los doctores, que adquiráis tanta ciencia: nosotros la tenemos por vosotros… “.

“Pero si vosotros mismos, replicaron los hombres sencillos, no estáis acordes en medio de toda esa ciencia… ¿De qué sirve poseerla?…

Y a más de ésto, ¿cómo podríais responder por nosotros? Si la fe de un hombre se aplica a muchos, ¿qué necesidad tenéis de creer vosotros mismos? Vuestros padres habrán creído por vosotros, y ésto será puesto en razón, puesto que también han visto por vosotros.

Pero, ¿qué es creer, si creer no influye sobre acción alguna? ¿Y sobre qué acción influye, por ejemplo, el creer al mundo eterno o no?”.

“Eso ofende a Dios”, dijeron los doctores.

“¿Dónde está la prueba?”, replicaron los hombres sencillos.

“En nuestros libros”, respondieron aquéllos.

“No los entendemos”, dijeron éstos.

“Nosotros los entendemos por vosotros”, añadieron los doctores.

“Ahí está la dificultad, dijeron los hombres sencillos: ¿con qué derecho os establecéis mediadores entre Dios y nosotros?”.

“Por sus órdenes”, contestaron los doctores.

“¿Dónde está la prueba?”, dijeron los hombres sencillos.

En nuestros libros“, respondieron los doctores.

No los entendemos, replicaron los otros; y ¿cómo es que este Dios justo os concede ese privilegio sobre nosotros? ¿Cómo nos obliga este padre común a creer en un grado menor de evidencia que vosotros? Concedamos que os haya hablado y que no os engañe, porque es infalible: pero vosotros nos habláis… ¡vosotros!… y ¿quién nos asegura que no estáis llenos de errores, o que no podréis infundírnoslos? Y si somos engañados, ¿cómo podrá salvarnos ese Dios justo contra la ley que existe, o condenarnos no habiéndola conocido?”.

“Os ha dado la ley natural“, dijeron los doctores.

“¿Y qué es la ley natural?, replicaron los hombres sencillos. Si esta ley basta, ¿para qué ha dado otras? Si no basta, ¿por qué la ha dado imperfecta?”.

“Sus juicios son misteriosos, respondieron los doctores, y su justicia no es como la de los hombres”.

“Si su justicia, replicaron los otros, no es como la nuestra, ¿qué medios tendremos para conocerla?, y en resumen, ¿a qué vienen todas esas leyes, y cuál es el fin que se proponen?”.

“El de haceros más dichosos, dijo un doctor, haciéndoos mejores y virtuosos, con este objeto se ha manifestado Dios por medio de tantos oráculos y prodigios, para enseñarles a usar de sus beneficios y a no dañarse recíprocamente”.

“En este caso, concluyeron los hombres sencillos, no hay necesidad de tantos estudios y razonamientos, y enséñesenos cuál es la religión que llena mejor el fin que todas se proponen”.

Al momento cada uno de los grupos empezó a ponderar su moral, a preferirla a todas las demás, y con este motivo se suscitaron entre los cultos unas disputas terribles. “Nosotros somos, dijeron los musulmanes, los que poseemos la moral por excelencia y los que enseñamos todas las virtudes agradables a los hombres y a Dios: profesamos la justicia, el desinterés; el acatamiento a la providencia, la caridad con nuestros hermanos, la limosna, la resignación; nosotros no atormentamos las almas con temores supersticiosos, vivimos sin inquietudes y morimos sin remordimientos“.

“¿Cómo os atrevéis, replicaron los sacerdotes cristianos, a hablar de moral, vosotros cuyo jefe ha tenido una vida licensiosa, y ha predicado el escándalo?, ¿vosotros cuyo primer precepto es el homicidio y la guerra? Que nos sirva de testigo la experiencia: de mil doscientos años de historia a esta parte, no ha cesado de esparcir vuestro fanático celo la turbación y la carnicería entre todas las naciones y si en el día esa Asia tan floreciente en otros tiempos, cae en la barbarie y en la aniquilación, vuestra doctrina es la que tiene la culpa; doctrina enemiga de toda instrucción que, santificando por una parte la ignorancia, y consagrando el dspotismo más absoluto en el que manda, e imponiendo por otra la obediencia más ciega y más pasiva a los gobernados, ha entorpecido las facultades del hombre, y sumergido a las naciones en el embrutecimiento.

No sucede ésto con nuestra moral sublime y celestial: ella es la que ha sacado a la tierra de su barbarie primitiva, de las supersticiones insensatas o crueles de la idolatría, de los sacrificios de sangre humana, de los desórdenes vergonzosos de los misterios paganos, la que ha purificado las costumbres, proscrito los incestos y los adulterios, civilizado las naciones salvajes, hecho desaparecer la esclavitud, introducido virtudes nuevas y desconocidas, la caridad para los hombres, su igualdad delante de Dios, el perdón y olvido de las injurias, el dominio de todas las pasiones, el desprecio de las grandezas mundanas; en una palabra, una vida del todo espiritual y santa”.

“Gran admiración nos causa, respondieron los musulmanes, el ver cómo sabéis unir esta caridad, esta dulzura evangélica, de que tanto os vanagloriáis, con las injurias y los ultrajes que soléis emplear para herir continuamente a vuestros prójimos. Cuando vosotros acusáis con tanta gravedad las costumbres del grande hombre que reverenciamos, podríamos encontrar represalias en la conducta del que adoráis; pero desdeñando semejantes medios, y limitándonos al verdadero objeto de la cuestión, sostenemos que vuestra moral evangélica no es tan perfecta como vosotros creéis; que no es cierto haya introducido en el mundo virtudes desconocidas y nuevas, ni esa igualdad de los hombres ante Dios, esa fraternidad y benevolencia que son consiguientes, puesto que todo ello estaba prescrito en los dogmas antiguos de los Hecméticos o Samaneos, de los cuales descendéis. Y en cuanto al perdón de las injurias, los mismos paganos lo habían enseñado; pero en la extensión que vosotros le dais, lejos de ser una virtud, se convierte en una inmoralidad y en un vicio. Vuestro precepto tan ponderado de presentar la otra mejilla, después de haber recibido un bofetón en la una, no sólo es contrario a todos los sentimientos del hombre, sino que es opuesto a todos los principios de justicia, porque alienta a los malos con la impunidad, envilece a los buenos con la servidumbre, entrega al mundo al desorden y a la tiranía, y disuelve la sociedad: tal es el veradero espíritu de vuestra doctrina: vuestros evangelios en sus preceptos y parábolas, representan siempre a Dios como a un déspota sin regla alguna de equidad; es un padre lleno de parcialidad, que trata a un hijo licensioso y pródigo con más cariño que a los otros hijos obedientes y de buenas costumbres; es un amo caprichoso, que da el mismo salario a los obreros que han trabajado una hora, que a los que se han afanado todo el día, y que prefiere los últimos venidos a los primeros; en fin no hay principio que no sea el de una moral misántropa y antisocial, que separa a los hombres de todo trabajo e industria útiles a la sociedad, y de la vida misma y no se encamina a otra cosa sino a formar ermitaños y célibes.

En cuanto al modo de haberla practicado, apelamos también al testimonio de los hechos: y os preguntamos si es la dulzura evangélica la que ha suscitado vuestras interminables guerras de sectas, las persecuciones atroces de esos herejes, vuestras cruzadas contra el arrianismo, el maniqueísmo, el protestantismo, sin hablar de las que habéis hecho contra nosotros, ni de las asociaciones sacrílegas, que aún subsisten, de hombres juramentados para continuarlas. Os preguntamos también, si es la caridad evangélica la que os ha hecho exterminar pueblos enteros de América, y aniquilar los imperios de Méjico y del Perú; la que os induce a continuar devastando el Africa, cuyos habitantes vendéis como animales, a pesar de vuestra abolición de la esclavitud; la que os hace asolar la India, cuyos dominios usurpáis; en fin, si es la caridad evangélica la que os hace turbar, de tres siglos a esta parte, en sus mismos hogares a los pueblos de los tres continentes, de los cuales los más prudentes, como han sido los Chinos y Japoneses, se han visto precisados a arrojaros de sus dominios para sacudir vuestras cadenas y recobrar la paz interior”.

Al instante que se pronunciaron estas reconvenciones los bracmanes, los rabinos, los bonzos, los chamanes, los sacerdotes de las islas Molucas y de las costas de guinea, confundieron con las suyas a los doctores cristianos y dijeron: “Sí, sí, estos hombres son unos malvados, unos hipócritas que predican la sencillez para ganar la confianza; la humildad para sojuzgar más fácilmente; la pobreza, para apropiarse todas las riquezas: prometen otro mundo para apoderarse mejor de éste; y al paso que os hablan de tolerancia y de caridad, queman en nombre de Dios a los hombres que no le adoran como ellos”.

“Ministros embusteros, respondieron los católicos, vosotros sois los que abusáis de la credulidad de las naciones ignorantes para subyugarlas. Vosotros sois los que convertís vuestro ministerio en un arte de impostura y trapacería, vosotros los que habéis hecho de la religión un negocio de avaricia y de especulación. Vosotros suponéis que os comunicáis con los espíritus, y todos sus oráculos se reducen a anunciar vuestras voluntades: pretendéis leer en los astros, y el destino no decreta más que lo conforme con vuestros deseos: hacéis hablar a los ídolos, y los Dioses sólo son los instrumentos de vuestras pasiones: habéis inventado los sacrificios y las libaciones para atraeros la leche de los rebaños, la carne y la grasa de las víctimas; y bajo el manto de la piedad y de la abstinencia, devoráis las ofrendas hechas a los Dioses que no comen, y la substancia arrancada a los pueblos que trabajan“.

“Y vosotros, gritaron los bracmanes, los bonzos, los chamanes, vendéis a los vivos crédulos, oraciones inútiles por las almas de los muertos; os habéis arrogado el poder y las funciones de Dios mismo con esas indulgencias y absoluciones; y haciendo un tráfico infame de sus gracias y de sus perdones, habéis hecho del cielo una almoneda pública, y fundado con vuestro sistema de expiaciones, una tarifa del rescate de los delitos, que ha pervertido todas las conciencias”.

“Añadid a eso, dijeron los imanes, que estos hombres han inventado la más profunda de las maldades, cual es la obligación absurda e impía de contarles los secretos más íntimos de las acciones, de los pensamientos, de las veleidades (la confesión), de modo que su insolente curiosidad lleva su inquisición hasta el santuario sagrado del lecho nupcial e invade el asilo inviolable del corazón”.

Entonces, y a fuerza de reconvenciones recíprocas, revelaron los doctores de los diferentes cultos todos los delitos de su ministerio, todos los vicios ocultos de su estado y sevio que en todos los pueblos eran absolutamente idénticos el espíritu de los sacerdotes, el sistema de su conducta, sus acciones y sus costumbres.

Que en todas partes habían formado asociaciones secretas y corporaciones enemigas del resto de la sociedad.

Que en todas partes se habían atribuido prerrogativas o inmunidades, por medio de las cuales vivían libres de las cargas de las otras clases.

Que en todas partes vegetan sin experimentar las fatigas del labrador, los riesgos del militar, ni los reveses del comerciante.

Que en todas partes viven célibes, a fin de eximirse hasta de los cuidados domésticos.

Que en todas partes encuentran, bajo la capa de la pobreza, el secreto de ser ricos y de proporcionarse todo género de placeres.

Que con el título de mendicantes, perciben impuestos mayores que los de los príncipes.

Que bajo el de los dones y ofrendas, adquieren rentas seguras y libres de toda carga.

Que bajo el nombre de recogimiento y de devoción, viven en la ociosodad y en el desenfreno de las costumbres.

Que han hecho una virtud de la limosna, para disfrutar tranquilamente del trabajo ajeno.

Que inventaron las ceremonias del culto, para atraer sobre ellos el respeto popular, representando el papel de Dioses de que se llamaron intérpretes y mediadores, para atribuirse todo el poder.

Que con este designio; y según las luces o la ignorancia de los pueblos, fueron alternativamente astrólogos, adivinos y magos, nigrománticos, charlatanes, médicos, cortesanos y confesores de príncipes, siempre aspirando al fin de gobernar en ventaja propia.

Que unas veces levantaron el poder de los reyes y consagraron sus personas, para conseguir sus favores y participar de su poder.

Que otras predicaron el asesinato de los tiranos (reservándose la facultad de especificar la tiranía), a fin de vengarse de su desprecio o de su desobediencia.

Que siempre llamaron impiedad a lo que dañó a sus intereses, que se opusieron a toda instrucción pública, para ejercer el monopolio de la ciencia; en fin, que en todo tiempo y en todo lugar, encontraron el secreto de vivir en paz en medio de la anarquía que causaban, seguros bajo el despotismo que favorecían, descansados en medio del trabajo que predicaban, llenos de abundancia cuando los otros de miseria; y todo ésto por ejercitar el comercio singular de vender palabras y gestos a gentes crédulas, que se los pagaban como si fuesen objetos del mayor precio.

Al escuchar tales infamias, se llenaron los pueblos de furor y quisieron despedazar a los hombres que les habían engañado con tal descaro; pero el legislador contuvo este movimiento de violencia y dirigiéndose a los jefes y a los doctores, les dijo: ¡Cómo!, fundadores de pueblos, ¿de ésta manera les habéis engañado?”.

Confundidos los sacerdotes, respondieron:

“¡Oh legislador!, somos hombres y los pueblos son supersticiosos: ellos han sido los que han dado causa a nuestros engaños”.

Los reyes dijeron: “¡Oh legislador!, los pueblos son serviles e ignorantes: ellos se han posternado delante del yugo que apenas nos atrevíamos a mostrarles”.

Entonces, volviéndose el legislador a los pueblos, les dijo: “¡Pueblos, pueblos!, acordaos de lo que acabáis de oir: estas son dos profundas verdades. Sí, vosotros mismos causáis los males que originan vuestras quejas: vosotros sois los que alentáis a los tiranos con una baja adulación de su poder, con el aplauso imprudente que tributáis a sus falsas bondades, con el envilecimiento en la obediencia, el desenfreno en la libertad y la adopción ciega de cualquier impostura. Y siendo así, ¿sobre quién queréis que recaiga el castigo de las faltas de vuestra propia ignorancia?”.

Los pueblos quedaron sobrecogidos y al oir este apóstrofe guardaron el más profundo silencio.”

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