“RUINAS DE PALMIRA

CAPITULO XXIV

SOLUCION DEL PROBLEMA DE LAS CONTRADICCIONES

El legislador, volviendo a tomar la palabra, dijo: “¡Oh naciones!, hemos oído debatir vuestras opiniones, y las disputas que os desunen nos hacen reflexionar y nos ofrecen infinitos problemas que aclarar y que proponeros.

Considerando, en primer lugar, la diversidad y la oposición de las creencias que tenéis, os preguntamos: ¿en qué motivos fundáis vuestro convencimiento? ¿Habéis hecho una elección bien meditada, para seguir el estandarte de un profeta con preferencia al de otro? Antes de adoptar una doctrina con preferencia a otra, ¿las habéis comparado?, ¿las habéis examinado maduramente, o es que las habéis recibido sólo por la casualidad del nacimiento, o por el imperio de la costumbre y de la educación? ¿No nacéis cristianos en las orillas del Tiber, musulmanes en las del Eufrates, idólatras en las del Indo, como nacéis rubios en las regiones frías, y tostados bajo el sol ardiente del Africa? Y si vuestras opiniones son un efecto de vuestra situación fortuita sobre la tierra, de la parentela o de la imitación, ¿por qué la casualidad ha de ser para vosotros un motivo de convicción y un argumento de verdad?

Cuando reflexionamos, en segundo lugar, sobre la exclusión respectiva y la intolerancia arbitraria de vuestras pretensiones, nos horrorizan las consecuencias que siguen a vuestros propios principios. Pueblos, que os ofrecéis todos recíprocamente a las disposiciones de la cólera celeste, suponed que bajase de los cielos en este momento el Ser universal que reverenciáis y que, rodeado de todo su poder se sentase sobre su trono para juzgarnos a todos y os dijese:

¡Mortales!, la justicia que voy a ejercer sobre vosotros es vuestra propia justicia. Sí, de tantos cultos que observáis, uno sólo va a ser el preferido; todos los demás, toda esta multitud de estandartes, de pueblos y profetas, serán condenados a una perdición eterna, y aún no basta… Entre las sectas del culto escogido, una sóla puede agradarme, y todas las demás serán condenadas; y tampoco basta ésto. De este pequeñísimo grupo escogido, es menester que excluya a todos aquellos individuos que no han llenado las condiciones que imponen sus preceptos: ved hombre a qué corto número de elegidos habéis limitado vuestra especie; a qué poquedad de beneficios reducís mi bondad inmensa; a qué soledad de admiradores condenáis mi inmensa gloria y mi eterna grandeza”.

Dicho ésto, se levantó el legislador y añadió: “No importa, así lo habéis querido; ea, pueblos, ahí está la urna con todos vuestros nombres, uno sólo va a salir… ¡Animo!, sacad la suerte de esta terrible urna…”.

Pero los pueblos llenos de espanto, gritaron: “¡No, no, todos somos hermanos, todos iguales, y no podemos condenarnos recíprocamente!”.

Entonces volvió a sentarse el legislador, y dijo: “Hombres, hombres, que disputáis sobre tantas materias, prestad vuestra atención a un problema que vosotros me ofrecéis y que debéis resolver vosotros mismos”. Los pueblos prestaron la mayor atención, y levantando un brazo el legislador hacia el cielo en dirección al sol, dijo:

“Pueblos, ¿ese sol que os alumbra, os parece cuadrado o triangular?”.

“No, respondieron unánimemente, es redondo”.

Tomando después la balanza de oro que estaba sobre el altar, dijo: “Este oro que manejáis todos los días, ¿es más pesado que un volumen igual de cobre?”.

“Sí, contestaron acorde los pueblos; el oro es más pesado que el cobre”.

El legislador tomó luego la espada, y dijo:

“¿Este hierro es menos duro que el plomo?”.

“No, dijeron los pueblos”.

“¿El azúcar es dulce y la hiel amarga?”.

“Sí”.

“¿Amáis todos vosotros el placer y aborrecéis el dolor?”.

“Sí”.

“Así pues, todos estáis acordes sobre estos puntos y sobre una multitud de otros semejantes. }

Decidme ahora: ¿Hay un abismo en el centro de la tierra y habitantes en la luna?”.

Al presentar esta cuestión, se levantó un rumor universal; y respondiendo cada uno de diferente modo, decían muchos que , y muchos otros que no, éstos que podía ser; aquéllos que la cuestión era ociosa y ridícula y otros que sería bueno saberlo: en fin, la discordancia fue completa.

Después de algún tiempo, pudo el legislador imponer silencio y añadir: “Pueblos, explicadme ahora este problema. Yo os propuse muchas cuestiones sobre las cuales estuvisteis acordes, sin distinción de raza ni de secta: hombres blancos, hombres negros, sectarios de Mahoma o de Moisés, adoradores de Buda o de Jesús, todos, todos habéis dado la misma respuesta. Os propongo otra y al momento discordáis. ¿Por qué esta unanimidad en un caso y esta discordia en otro?”.

El grupo de hombres sencillos y salvajes tomó entonces la palabra, y respondió: “La razón es muy obvia: en el primer caso, veíamos y palpábamos los objetos y hablábamos por sensación propia: en el segundo, se hallaban fuera del alcance de nuestros sentidos y sólo hablábamos por conjeturas”.

“Habéis resuelto el problema, dijo el legislador, y así vuestra misma confesión sienta esta primera verdad:

Que siempre que los objetos se pueden someter a vuestros sentidos, estáis acordes en las decisiones.

Y que sólo diferenciáis de opinión y de sentimientos, cuando los objetos están distantes y fuera de vuestro alcance

 

Ahora bien, de este primer hecho sigue otro, tan claro y tan digno de fijar la atención.

De vuestra concordancia en lo que concocéis con exactitud, se deduce que sólo estáis discordes en aquéllo que no conocéis bien, y sobre aquéllo de que no estáis muy seguros; es decir, que disputáis, reñís y peleáis por cosas inciertas y dudosas. ¡Ah!, hombres, ¿y ésto es ser sabios?

No por cierto: es probar que no es la verdad el objeto de vuestras disputas, ni la causa que defendéis, sino el de vuestras inclinaciones y vuestros errores; que no es el objeto, tal como es en sí lo que queréis probar, sino el objeto que vosotros veis; ésto es, que queréis hacer prevalecer vuestra opinión, vuestra manera de ver y de juzgar, y no la evidencia de la cosa juzgada. Es un poder que queréis usar, un interés que queréis satisfacer, una prerrogativa que os atribuís; es, en una palabra, la lucha de vuestra vanidad. Pero como cada uno de vosotros, comparándose a los demás, encuentra su semejante y su igual, resiste la dominación por el sentimiento del mismo derecho. Y todas vuestras disputas, peleas e intolerancias, son efecto de este derecho que no queréis ceder y de la certidumbre que tenéis de vuestra igualdad.

Luego, el único medio de estar acordes es volver a la NATURALEZA, y tomar por árbitro y regulador el orden de cosas que ella misma ha establecido, y entonces vuestra concordancia prueba también esta otra verdad:

Que los seres reales tienen en sí mismos un modo de existir idéntico, constante, uniforme, y que reside en vuestros órganos una manera igual de sentir.

Pero al mismo tiempo, y a causa de la movilidad de estos órganos por vuestra voluntad, podéis concebir afectos distintos y hallaros con los mismos objetos en relaciones diferentes; de modo que sois, con respecto a ellos, como un espejo que refleja, capaz de presentarlos tales como son en efecto y capaz de desfigurarlos y alterarlos

, según los defectos y movimientos de su superficie.

De donde resulta que todas las veces que percibís los objetos tales como son, estáis acordes entre vosotros y con ellos, y esta semejanza entre vuestras sensaciones y el modo de existir de los seres, es lo que constituye para nosotros la VERDAD.

Que al contrario, siempre que no estáis acordes, vuestro disentimiento prueba que no representáis los objetos como son y que los variáis.

Dedúcese también de ésto, que las causas de vuestros disentimientos no existen en los mismos objetos, sino en vuestros ánimos y en el modo de percibir y de juzgar.

Para establecer la unanimidad de opinión, es preciso establecer bien de antemano la certidumbre, asegurarse perfectamente que los cuadros que se pinta el espíritu son idénticamente semejantes a sus modelos y que retratan los objetos correctamente y según son. Ahora bien, no es posible lograr este efecto sino en tanto que pueden dichos objetos presentarse y someterse al examen de los sentidos. Todo lo que no puede reducirse a esta prueba es por el hecho mismo incapaz de ser juzgado; y no hay ninguna regla, ningún término de comparación, ningún medio de certidumbre que pueda graduarlo.

De donde debe concluirse que para vivir en paz y en concordia, es preciso no hablar de tales objetos, ni darles ninguna importancia; en una palabra, que es indispensable trazar una línea divisoria entre los objetos comprobables y los que no pueden comprobarse y separar con una barrera insuperable el mundo de los seres fantásticos, del mundo de las realidades; es decir, que debe privarse de todo efecto civil a las opiniones teológicas o religiosas.

He aquí, ¡oh pueblos!, el fin que se ha propuesto una gran nación al romper sus cadenas y desechar sus preocupaciones; he aquí la obra que habíamos emprendido bajo su inspección y por sus órdenes, cuando vuestros reyes y sacerdotes vinieron a interrumpirla. Mas ¡oh reyes!, ¡oh sacerdotes!, vosotros podréis suspender todavía por algún tiempo la publicación solemne de las leyes de la NATURALEZA; pero ya no depende de vuestro poder trastornarlas ni destruirlas”.

Entonces se levantó una gritería inmensa en toda la asamblea y la totalidad de los pueblos manifestó con un movimiento unánime su adhesión a los principios sentados por el legislador.

“Volved a emprender, le dijeron, vuestra santa y sublime obra y llevadla a su perfección: buscad las leyes que la NATURALEZA ha colocado en nosotros mismos para dirigirnos, y formado el auténtico e inmutable código; pero que no sea para una nación sóla, para una familia sóla; sino para todos nosotros sin excepción alguna. Sed el legislador de todo el género humano, como seréis su intérprete; mostradnos la línea que separa el mundo de las ilusiones del de las realidades y enseñadnos, después de tantas religiones de error y falsedades, la religión de la evidencia y de la VERDAD”.

Entonces el legislador, continuando la investigación y el examen de los atributos físicos y constitutivos del hombre, de los movimientos y afectos que le rigen en el estado individual y social, desenvolvió en esta forma las leyes en que la naturaleza ha fundado el bienestar y la dicha de la especie humana.”

Anuncios