“ARGENPRESS.info – Resumen de noticias del 26/12/2011‏

Vivir encima de un cementerio filipino

Yudith Díaz Gazán (PL)
 
La pobreza extrema obliga a miles de familias filipinas a establecer sus hogares encima de las tumbas del cementerio de Navotas, una zona de Manila hundida en la miseria y en donde pululan el mal olor y las enfermedades.
En la capital filipina, la densidad de población supera los 40 mil habitantes por kilómetro cuadrado, y un tercio es pobre, como el caso del mencionado barrio, donde la gente se amontona sobre un camposanto que destila fétidos olores y genera toneladas de basura.
 
El barrio de chabolas (casas de cartón y zinc, marginales e insalubres), situado cerca del puerto de Navotas, acoge a unas 600 familias que cocinan, comen y se lavan en medio de sepulcros, carentes de todo sistema sanitario y agua corriente.
 
Varios cientos de personas residen en ese lugar por falta de recursos para encontrar un hueco en el inmenso laberinto de chabolas que rodea la capital.
 
Así transcurre la vida de Virginia, una filipina viuda de 51 años, quien habita desde hace tres décadas sobre una fila de nichos de unos cinco metros de altura, sobre la cual se amontonan decenas de hogares construidos con tablas de madera, lonas, cartones y zinc.
 
Según The Manila Times, una lavandera originaria de la isla de Sámar, al este del país, puede contemplar desde arriba las calles delimitadas por filas de tumbas y basura acumulada.
 
Cuando llegué era peor, explica la mujer; había más basura y el mar llegaba hasta aquí. “Nos instalamos porque nos permitía estar cerca del mar y ganar dinero”.
 
La zona habitada del camposanto es la más cercana al mar de la bahía de Manila, con un agua de las más contaminadas del mundo pero que, sin embargo, proporciona un sustento para quienes recogen moluscos o pescan alguna especie marina.
 
Otro ejemplo es el de Arnold, un joven de 22 años originario de la turística ciudad de Puerto Galera, al sur de Manila, que se mudó a Navotas para ganar dinero y mantener a sus tres hijos.
 
“Es un sitio muy sucio, en cuanto ahorre lo suficiente, dentro de unas semanas, regresaré a mi casa”, relata el recogedor de mejillones.
 
Mientras salta y trepa por las tumbas, Arnold observa a unos niños descalzos que entre una nube de moscas rebuscan comida.
 
“Algunas veces asoman los esqueletos de los muertos entre la basura; pertenecen a los nichos que ya han sido vaciados”, asegura.
 
Aquellas personas que habitan encima de las tumbas son las más pobres del lugar, las que no pueden hacer frente al alquiler de 18 dólares que cuesta montar la choza en otras áreas del cementerio, en las que es menor el riesgo de derrumbe.
 
En una de esas minúsculas viviendas de una sola habitación, Inma, de 36 años, ha criado a sus ocho hijos con la ayuda de su esposo, un estibador del puerto.
 
Mientras lava ropa por unos centavos, puntualiza que su hijo mayor tiene 20 años y aporta dinero con la venta de los peces que consigue atrapar.
 
No hay estadísticas oficiales sobre la población que reside en los cementerios de la capital filipina y sería imposible realizar un censo entre emigrantes rurales, prostitutas y personas con antecedentes penales.
 
Malaria, dengue, tuberculosis y neumonía son las principales causas de mortalidad entre los habitantes de los cementerios y las barriadas de la capital filipina, en tanto el viento de los tifones levanta las tapas de las tumbas y desencadena epidemias. 

Reportes policiales opinan que la precariedad impide la entrada de oficiales al cementerio, en tanto la criminalidad pulula entre las callejuelas, los delincuentes van al cementerio a esconderse, y hay droga y prostitución.”

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