ARGENPRESS.info – Suplemento Cultural # 175‏

¿Setenta por ciento? ¡Añamembuy! 

Marcelo Colussi (Desde Guatemala. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)
 
Toribio tenía un mal presentimiento. Él no sabía nada de medicina, pero sus 34 años de vida le habían enseñado que esas cosas eran peligrosas. Sólo una vez había consultado al médico; habitualmente, las pocas veces que se sentía enfermo, iba con una curandera. En los esteros del Iberá, en el medio de la provincia de Corrientes, no abundaban los profesionales precisamente.
 
Doña Circuncisión, la manosanta del lugar, había sido clara:
 
–Mirá, chamigo: el gurí está jodido. Yo ya no sé más que hacer, se me terminó la cencia. Si querés, podés llevarlo con un médico. ¿Por qué no probás en Colonia Carlos Pellegrini? Ahí creo que a veces llega un doctorcito de la ciudad–.
 
Clara y terminante: había que buscar alternativas, porque ella ya no sabía qué hacer.
 
Toribio, peón en la estancia Santa Cecilia desde toda su vida –ahí había nacido–, conocía muy poco fuera de eso. Ocasionalmente iba al pueblito de Carlos Pellegrini, y sólo dos veces había llegado a la ciudad de Corrientes. Buenos Aires era otro mundo, lejano, inimaginable. Siempre soñaba con ir alguna vez; de hecho tenía una hermana que trabajaba como empleada doméstica en la capital, y por las cosas que ella le había contado en alguna oportunidad, lo deslumbraba lo que se decía de la gran ciudad. De todos modos, su vida era el campo: arriar el ganado, cortar leña, atender las mil y una tareas de la estancia era lo único que conocía. Y por allí, algún domingo, el ritmo de un chamamé. No encontraba motivos para cambiar todo eso.
 
La enfermedad de su hijo mayor, Anacleto, ahora lo tenía especialmente angustiado. Con su esposa se habían jurado que harían todo, absolutamente todo lo posible para buscar aliviarlo. La cuestión es que no sabían bien qué hacer. Dado que la curandera había sido taxativa en lo dicho, indicándoles que ya no podía ayudarles más, los caminos no eran muchos. Ir a Buenos Aires, más allá de un buen deseo, era imposible.
 
Toribio ganaba menos del salario mínimo. Oficialmente, al menos en los libros llevados por los administradores de la estancia, cobraba todas las prestaciones de ley. Pero el capataz, don Fulgencio, siguiendo las instrucciones del “patroncito” –que una vez cada tantos meses llegaba en helicóptero para ir a cazar jabalíes o ciervos de los pantanos, habitualmente con algunos extranjeros–, le había explicado que “ahora las cosas estaban duras, y de momento no se podía pagar más”. Habiendo vivido siempre en la estancia y teniendo asegurado desde niño su plato de comida, magro quizá, pero comida al fin, Toribio no veía motivos para no aceptar esas condiciones. Si “¡hasta le daban donde dormir… gratis!”, ¿cómo no estar de acuerdo entonces con el salario pagado?
 
Así había sido también con su padre, y con su abuelo, en aquellas épocas en que se decía que aparecía el Sapo-toro en la laguna del Iberá. Al día de hoy las cosas no habían cambiado mucho: los peones seguían trabajando por no mucho más que por un plato de comida, y el Sapo-toro continuaba presente en las tradiciones populares. Toribio no quería hablar mucho de eso, pero tenía la certeza que los ruidos que escuchó una noche en los esteros, cuando estaba cazando yacarés, eran los del Sapo-toro. Fragmentariamente se lo había contado una vez a su esposa, pero no así a sus hijos menores, el Romualdo y la Tiburcia. Sólo se lo había hecho saber al mayor, el Anacleto, de 14 años, el que ahora estaba enfermo.
 
Con él, Toribio tenía muy buena relación, mucha confianza. Eran compinches; era de las pocas personas con quien hablaba no en español sino en guaraní, cosa que no hacía siquiera con su esposa. Saber que ahora estaba mal lo ponía muy triste.
 
Decidieron consultar al médico en Carlos Pellegrini. Con el permiso del caso en la estancia, el lunes se fueron los tres, ambos padres y el muchachito enfermo. Anacleto empeoraba rápidamente. Los tres kilómetros que separaban el casco de la estancia del poblado, que habitualmente recorrían a pie en una media hora, les tomó ahora más del doble de tiempo. A mitad de camino, Anacleto debió detenerse cansado como estaba, y un vómito de sangre presagió que la cosa iba empeorando muy rápidamente.
 
En el pueblo no encontraron al doctor. El dispensario médico, que funcionaba en un salón multiusos donde también se daban clases de la escuela primaria, se oficiaba misa el día que llegaba el cura y se organizaban parrandas algunos domingos –chamamé, empanadas y vino tinto a discreción– tenía, a veces, una enfermera. Para disgusto de Toribio y su familia, ella les indicó que hacía ya más de tres meses que no llegaba médico, porque no había presupuesto. Lo único que pudo ofrecerles fue tomarle la presión; medirle el peso, no, porque la balanza se había descompuesto y no había con qué mandarla a reparar.
 
Con sólo ver los signos vitales, la enfermera intuyó el diagnóstico. Pero no quiso alarmar a nadie, por lo que prefirió no decir nada. La palabra cáncer siempre produce escozor. “Que se los diga el doctor cuando venga…, si es que alguna vez vuelve a venir médico por aquí”.
 
Las políticas de achicamiento presupuestario y descentralización que se llevaban adelante desde el ministerio de salud habían vaciado prácticamente los centros de atención como el de Colonia Pellegrini. Con buena suerte quedaba por allí alguna enfermera, la que todavía cobraba su sueldo. No había equipamiento, medicamentos, mantenimiento. Era casi ampuloso hablar de centro de salud en esas condiciones. Para un caso grave como el de Anacleto, la decadencia generalizada del servicio no podía sino apurar un desenlace fatal.
 
–¿Por qué no prueban con un curandero?– preguntó con tristeza la enfermera. –Por aquí abundan–.
 
–Ya fuimos con doña Circuncisión. Y ella nos mandó para acá. Dice que el gurí está jodido, pero que quizá ustedes, chamigo, pueden hacer algo–.
 
El silencio de la enfermera lo dijo todo. Ella, oriunda de la ciudad de Corrientes, habiendo llegado a trabajar a la zona rural por propia convicción con sus escasos 25 años, veía cómo día a día la salud pública retrocedía. Lo que le habían enseñado en la Escuela de Enfermería en la ciudad, aquí no existía: controles epidemiológicos, atención primaria, vacunación casa por casa, provisión de agua potable para toda la comunidad…, eran todas frases vacías que quedaban en los manuales. La realidad de los esteros del Iberá era otra: desnutrición, enfermedades crónicas, cero planificación familiar…., y el siempre presente mito del Sapo-toro.
 
–¿Y qué se puede hacer entonces, che, doctorcita?– preguntó Toribio con amargura.
 
–Resignarse–.
 
Toribio salió decepcionado de la consulta. Haciendo un gran esfuerzo –porque ya pesaba bastante– llevó a su hijo en brazos hasta la estancia. En todo el camino ninguno de los tres habló una palabra.
 
De vuelta en la Santa Cecilia, con Anacleto desmejorado por el esfuerzo, fue llamado por el capataz.
 
–Mirá Toribio– comenzó a decir con aire paternal don Fulgencio. –No es una cosa mía; ya sabés que yo aquí cumplo órdenes. Pero tuviste la mala suerte que justo cuando te fuiste vino el patroncito, y pidió que le hicieras de baqueano porque quería ir a cazar un yaguareté que sabe que anda allá, por el monte. Le tuve que decir que no estabas–. La expresión de Toribio iba tornándose sombría; se veía venir lo peor.
 
–Se enojó mucho, porque dice que sos el único guía con el que le gusta salir. Y ahí nomás agarró el helicóptero con dos invitados que traía, y se fue al carajo–. Hizo una pausa, un largo silencio, para luego agregar: dice que te descontemos el medio día que faltaste al trabajo.
 
Toribio quedó mudo. No sabía cómo reaccionar, por lo que prefirió acatar con una leve inclinación de cabeza. Siempre con el sombrero en las manos en actitud de respeto, recordó las palabras de su finado padre: “a los de arriba hay que respetar por sobre todas las cosas”. Por tanto, acató lo que le indicó el capataz y se retiró pidiendo permiso.
 
Prefirió no decirle nada a su esposa ni a sus hijos. “Un verdadero hombre sabe aguantar en silencio”, se dijo.
 
Quiso la coincidencia que al día siguiente llegaran por la zona cuatro estudiantes de antropología. Venían de Buenos Aires. Tres varones y una mujer, todos jóvenes. A Toribio le llamó la atención ver una joven en medio de tres varones. Su moral le decía que eso no estaba bien. Pero al mismo tiempo también sabía que en la ciudad pasaban esas cosas, que las mujeres fumaban y no trataban de “usted” a los varones, que manejaban automóviles, que incluso eran jefes de algo a veces. Rápidamente trabó amistad con los estudiantes.
 
Habían llegado a los esteros del Iberá realizando una investigación sobre el mito del Sapo-toro. En la capital casi no se hablaba de esta leyenda; pero ellos, como estudiosos de las tradiciones populares, querían adentrarse e investigar a fondo la leyenda. Por lo que conocían, hasta inclusive se había llegado a equiparar el animal del relato con el monstruo del lago Ness, en Escocia. Todo estaba envuelto en un fascinante halo de misterio que hacía seductor el mito. Seguramente no existía ningún ser monstruoso en las aguas del Iberá, pero lo importante, lo que buscaban los jóvenes, eran las historias que se habían ido tejiendo en torno al relato mitológico. Por coincidencias fortuitas, Toribio terminó siendo la persona que se transformaría en el informante clave para la investigación.
 
Pero si a alguien le significó algo nuevo ese encuentro, fue a Toribio.
 
Muy rápidamente todos, estudiantes y peón de estancia, entraron en confianza. Para las dos partes el otro tenía algo de seductor, de fuente inagotable de información. Toribio, nacido y criado en la Santa Cecilia, una enorme estancia ganadera de más de 3.000 hectáreas, podía pasar horas contando anécdotas de su vida diaria, cosas que para él eran la simpleza de su cotidianeidad (cómo cazar un yacaré, cómo atrapar una serpiente yarará con las manos evitando ser mordido, cómo evitar no caer en un tacurú cuando se cabalga o como cuerear una curiyú para vender el cuero), pero que resultaban historias espectaculares para sus oyentes.
 
A la inversa, él quedaba extasiado con las descripciones de la vida citadina, con cosas que jamás hubiera soñado que existían, cosas que para él eran tan fabulosas e inimaginables como el Sapo-toro y las tradiciones populares para los jóvenes estudiantes.
 
Algo que lo dejó impactado de un modo especial fue el enterarse de sus derechos como ser humano, cosa que la vio más increíble que la montaña rusa de la que le hablaron, los aviones o el internet. Se trataba de sus derechos como trabajador: no podía creer que tuvieran que pagarle toda esa “fortuna” por su trabajo, casi el doble de lo que le estaban pagando ahora, un sueldo extra en diciembre sin necesidad de trabajar más, que le pudieran dar vacaciones –jamás se le había ocurrido que algo así le pudiera corresponder como mensú de la estancia– y menos aún: que tuviera el derecho de hacer atender a su hijo enfermo, el Anacleto.
 
Toribio ya había empezado a hacerse a la idea que el muchachito estaba condenado a morir. Si doña Circuncisión no había podido hacer nada, ella que siempre lo resolvía todo, y en el dispensario no había, ni parecía que fuera a haber más, un médico, entonces, tal como les enseñaba el cura que a veces llegaba por allí a oficiar misa, “había que resignarse porque no era esta vida la importante, sino la que nos espera en el paraíso”.
 
El contacto con los cuatro jóvenes le empezó a hacer ver de un modo radicalmente distinto todas las cosas; en realidad, le abrió un mundo nuevo, insospechado. El odio que le provocó la decisión del “patroncito” descontándole ese medio día de trabajo por la enfermedad de Anacleto fue, sin dudas, el detonante. Sin decirlo explícitamente nunca a nadie, su hijo mayor era lo que más amaba en el mundo. La impotencia de ver que se le iba y que, encima de eso, lo amonestaban por querer atenderlo, lo había sublevado.
 
“¡Eso es una violación de mis derechos, chamigo!”, comenzó a decirse. Su esposa fue la primera en notar el cambio. Sintió miedo, sin poder explicar bien por qué. El cura, sus padres, todos los mayores, toda su cultura le decía que uno no podía rebelarse contra “la autoridad”; pero al mismo tiempo, siguiendo a Toribio, entendía que ahí había algo más, que no había razón real, más allá de esas explicaciones eternas, que justificaran lo que no se podía justificar. “¿Por qué no rebelarse, si era justo?”
 
Ramiro, el mayor de los estudiantes, quien había cursado hasta cuarto año de medicina antes de cambiarse a antropología, intuyó rápidamente el cuadro de Anacleto. Incluso sus compañeros, más desde el sentido común que desde la ciencia médica, también lo adivinaron: el jovencito presentaba un proceso canceroso. Cuando le hizo a saber a Toribio las posibilidades de cura, éste se alegró como quizá nunca en su vida:
 
–¿Setenta por cierto? ¿Eso quiere decir que de cada diez gurises enfermos de esto, que ya están para finados, siete se pueden curar si se los atiende? ¡Añamembuy, chamigo! ¿Estás seguro, usté? ¿Entonces se me puede curar el Anacleto?–.
 
–Así es Toribio. Así es–.
 
–Sólo es cuestión que tenga el tiempo para ocuparme de él, de poder llevarlo al médico entonces…– La felicidad le volvió al rostro, del que había desaparecido ya hacía un tiempo.
 
–Pero aquí, en la estancia, no me lo van a permitir me imagino–.
 
Rápidamente el gesto de alegría se le transformó en odio, en el más profundo y amargo rencor, con una expresión que daba miedo. Las interminables charlas con los estudiantes le habían abierto los ojos en muchas cosas. El trato despectivo que había recibido por no permitírsele atender a su hijo cuando se le descontó por su ida al médico potenció todo lo hablado con los jóvenes, mientras lo llenaba de la cólera más reconcentrada. Pero también de lucidez.
 
–¿Por qué él puede tener tiempo para ir a cazar y gastar plata en municiones, mientras uno se tiene que deslomar para pagarle sus gustos? Ah, ¿sabían que a nosotros nos cobran cada tiro que hacemos aquí, no?–.
 
Los cuatro jóvenes prometieron ayudarlo. Era una cuestión no sólo de ideología, sino de honor. Nunca habían conocido una persona tan noble, tan transparente, tan cabal como Toribio.
 
–No, muchachos. Se equivocan: aquí todos los mensú somos iguales. Si les parezco bondadoso, ahora me atrevo a decir que más bien somos tontos. ¿O ser bueno consiste en agachar la cabeza, en no levantar jamás la voz? ¿Por qué hay que vivir resignados?–.
 
Mientras Anacleto seguía sin mejorar, su padre empezó una frenética ronda de conversaciones con todos los peones. A su modo, sin muchos recursos conceptuales pero con una fuerza fabulosa que le venía de la vivencia más sufrida, empezó a convencer a sus compañeros de la necesidad de organizarse para defender sus derechos. El ejemplo de su hijo enfermo era su principal argumento. Ante ello, nadie podía dejar de sensibilizarse.
 
–¡Esos son nuestros derechos, chamigo!– explicaba convincente. –Si hasta ahora nos los han negado, es hora de ir despertándonos y de reclamar–.
 
Algo nuevo comenzó a ocurrir en la Santa Cecilia. La peonada, semi analfabeta o analfabeta total en su conjunto, en muchos casos sabiendo que “política” era dejarse llevar en un camión a votar cada cierta cantidad de años y aprovechar el asadito que se les ofrecía, ¡y no otra cosa!, entró en un estado deliberativo desconocido hasta entonces. Muchos prefirieron quedarse al margen. Hablar de todo esto producía miedo. “La política es pa’ los doctores de la ciudad. ¿Qué vamos a meternos nosotros, menchos correntinos, a esas cosas?”, fueron algunas de las reacciones.
 
Otros, sin embargo, llegaron a entrever lo que Toribio quería expresar: “es hora de ir abriendo los ojos, ¿no?”. Las reacciones fueron encontradas. Lo que más abundaba era el miedo. Nunca, en toda su vida de peones, se habían atrevido a pensar contra los “patroncitos”. Algo así no entraba en sus vidas, en su cosmovisión. El dueño de la estancia, sin importar quién fuera en concreto, seguía teniendo cierto halo de intocable, de señor feudal. Ahora, por vez primera, algunos se atrevían a abrirse cuestionamientos.
 
–Tenés razón, chamigo. Desde que recuerdo, trabajé como animal en la Santa Cecilia. Y a duras penas si me alcanza para comprar un par de alpargatas. A veces ni para yerba tengo. Así fue también con mi tata, y me parece que también va a ser con mis gurises. ¿Por qué?–
 
La peonada, o buena parte de ella al menos, entró en un estado de movilización que nunca antes se había visto. Hablaban, se preguntaban entre sí, intentaban buscarle respuestas a cosas que anteriormente le parecían absolutamente normales, y que ahora se cuestionaban con candor de niños, pero al mismo tiempo con la profundidad de quien filosofa y siente que va descubriendo las verdades más insondables.
 
–Curioso, ¿verdad?– reflexionaba Edgardo, uno de los estudiantes de antropología, en el viaje de regreso a Buenos Aires, habiendo constatado el revuelo que se había levantado en la estancia. –Santa Cecilia, la patrona de la música. ¡No podía ser de otro modo! Ahora todo el mundo allí empezó a sonar, a hacer ruido ¡Vaya música la que están haciendo!…–
 
Toribio iba quedando como motor de todo ese descontento. Los cuatro jóvenes estudiantes habían prometido ayudarlo, y desde la partida misma de los esteros del Iberá iban pensando en cómo hacer para que Anacleto recibiera la ayuda médica necesaria. Por supuesto, debería salir de la estancia. ¿Quién podría costear esos gastos?
 
El malestar fue creciendo entre los peones. Los que en principio habían permanecido apáticos, rápidamente fueron tomando partido contra la patronal. El clamor generalizado apuntaba a condenar la medida contra Toribio. La casi totalidad de los trabajadores se solidarizó con él, y a partir de ello, la protesta se profundizó. Hablar de los derechos laborales, cosa hasta el momento tabú de la que nadie tenía idea, empezó a despertar expectativas. ¿Cómo era eso de tener vacaciones, que pagaran el médico si uno se enfermaba, de mandar a los chicos a la escuela y tener asegurados los libros? Cuando se supo que habían despedido a Toribio, la cólera se disparó.
 
Él era muy respetado entre la peonada; respetado y querido. Los estudiantes no se habían equivocado en su apreciación: era un tipazo como no había muchos. Si bien apenas podía leer con tropezones algún titular de diario –había llegado sólo a tercer grado de primaria– era tremendamente rápido para entender las cosas. Quizá a partir de eso, y de su acendrada hombría –cosa que importaba especialmente en un medio donde el valor de la valentía era fundamental (cazaba serpientes venenosas a mano, montaba como el mejor y decía no tenerle miedo al Sapo-toro), por todo eso, seguramente, era un líder espontáneo. El mismo Toribio no lo sabía, hasta que las circunstancias lo fueron llevando a ese lugar.
 
Se daba cuenta que tenía mucha facilidad de palabra; a su modo, mezclando términos en guaraní con un español bastante barroco, común en las provincias del interior de Argentina, era muy convincente cuando hablaba. La poca preparación académica no le impedía ser un brillante comunicador, chispeante, agudo.
 
El dueño de la Santa Cecilia, que pasaba parte de su tiempo haciendo negocios desde su pent house bonaerense y parte en su oficina de Miami, no le dio mayor importancia al asunto cuando le avisaron del “motín” que estaba teniendo lugar en el campo. Acostumbrado como estaba a ordenar y resolver todo con un par de enérgicos gritos, pensó que con cesantear al cabecilla –Toribio– se terminaba todo. Pero se equivocó.
 
Una fortuita combinación de factores disparó una situación poco común: el hermano de uno de los estudiantes era reportero en un canal de televisión porteño que acaba de salir al aire y buscaba denodadamente captar audiencia. Irse hasta los esteros del Iberá –otro mundo para la población bonaerense– podía prometer captar cierto grado de atención por lo insólito de la nota. La promesa de conseguir algo sobre el Sapo-toro era una buena jugada. Por supuesto sus directivos nunca hubieran creído que cubrir la nota de una protesta campesina, pero más aún, la sensiblería de mostrar cómo moría de cáncer un jovencito por falta de atención en el medio del monte, iba a ser el disparador del rating más alto de la televisión nacional.
 
Sumado a eso, la azarosa coincidencia del complot orquestado por las principales casas farmacéuticas del país –casi todas multinacionales– en contra del actual Ministro de Salud, quien “osara” hacer declaraciones públicas sobre la necesidad de moderar un poco la rapaz privatización de los servicios de salud, hicieron que el tema sanitario pasara a estar en la cresta de la ola de los medios por varios días. El “caso Anacleto”, como se le conoció, ayudó a disparar una situación inédita en el país.
 
Las farmacéuticas trabajaban para defenestrar al ministro, pidiendo uno nuevo que “sí se ocupara de la salud” –y que no se opusiera en lo más mínimo a las privatizaciones, por supuesto–. El canal de televisión buscaba una nota impactante que se vendiera mucho –que un jovencito enfermo prometía conceder–; los estudiantes, que ya habían comenzado a movilizar a buena parte de los compañeros de la universidad en Buenos Aires, apuntaban a crear conciencia en la población para denunciar los planes privatizadores, mientras Toribio quería denodadamente que alguien le curara a su hijo. El setenta por ciento de probabilidades de recuperación que le habían dado para Anacleto lo mantenía en un estado de constante frenesí. “¿Setenta por ciento? ¡Añamembuy, chamigo!”
 
La conjunción de todo eso dio como resultado un cóctel explosivo de proporciones inimaginables. Seguramente la enfermedad del jovencito tocó fibras sensibles de la población. La noticia se transformó en una sensación con velocidad de rayo. Ya no fue sólo el Canal Obelisco quien la cubrió, sino que movió a los otros canales nacionales a movilizarse. Por más de una semana no se habló otra cosa que de esta noticia. Incluso la destitución del Ministro de Salud pasó sin mayor pena ni gloria. El acento estaba puesto en este “pobre jovencito” que, según se presentaba en televisión, podría morir por inoperancia del anterior funcionario.
 
En la población fue creciendo la indignación. Más allá de la sensiblería con que se presentaron las cosas, la imagen de Toribio y su esposa como padres desconsolados que no encontraban la asistencia necesaria en los servicios públicos, pasaron a ser íconos. La manipulación de los medios de comunicación, que intentaron en todo momento presentar una versión lacrimógena del drama de la enfermedad de Anacleto así como una endulcorada de la movilización que estaba teniendo lugar en la Santa Cecilia, no sólo no convenció a la población, sino que produjo el efecto contrario. “¡No nos traten como estúpidos!”, decía una gigantesca manta que apareció frente a la casa de gobierno.
 
En la estancia la chispa prendió fuego rápidamente. Cosas que parecían inauditas, comenzaron a suceder. Los peones, tradicionalmente vistos como “los más atrasados en términos políticos”, según la interpretación de varias de las fuerzas de izquierda, sorprendieron con la claridad y virulencia de sus peticiones. Los cuatro estudiantes de antropología, que de algún modo se sentían indirectos promotores de todo el proceso que se vivía, entendieron que habían dado con un dirigente como había pocos, de magnitud universal.
 
Toribio, con su modestia habitual, sólo pensaba en la salud de su hijo. Pero ello lo llevaba inexorablemente a profundizar sus análisis y a endurecer sus posturas. El saberse caudillo de todo el movimiento que estaba naciendo lo hacía sentir cada vez más responsable, más comprometido. Aún cesanteado en estrictos términos administrativos, seguía siendo el centro de toda la tormenta y no se iba de la estancia. Nadie, por supuesto, se hubiera atrevido a sacarlo con la fuerza pública.
 
–Lo que le pase al Anacleto depende de toda esta lucha; y esta lucha se alimenta de lo que le pase al Anacleto–.
 
La protesta de la Santa Cecilia se irradió a otras estancias, y así llegó a la capital provincial. Autoridades de nivel nacional ordenaron que se atendiera de la mejor manera posible al hijo del “líder de la revuelta” –como dijo el ministro del interior– para frenar la cadena de descontento que se venía dando. Se había pensado también en la desaparición física de Toribio con un secuestro, pero en altas esferas se evaluó que eso no era políticamente correcto, que esa “solución” podría traer más problemas que beneficios. La eliminación cruenta –un balazo por ejemplo– disfrazando el hecho con un intento de robo o una riña de borrachos, o un accidente preparado, no eran lo más aconsejable en el momento. La atención clínica del hijo enfermo se vio como la mejor salida.
 
Toribio captó al momento la farsa mediática que se había orquestado, pero con gran sentido de la oportunidad pudo entrever dos cosas: todo esto era la ocasión para lograr una respuesta de calidad a la enfermedad de Anacleto –que para toda la parafernalia periodística armada y la preocupación de los funcionarios de gobierno era lo que menos importaba– al tiempo que significaba una vía para profundizar los reclamos como trabajadores, ahora ya no sólo los de los peones de la Santa Cecilia sino, envalentonado como se iba sintiendo, reivindicaciones más profundas a nivel nacional.
 
Su ampliación en la mira de los problemas políticos creció con una velocidad vertiginosa; lo que un mes antes descubría como novedad absoluta en las conversaciones con los estudiantes de antropología, ahora era el punto de partida de razonamientos cada vez más complejos, más radicales. Sin haber leído nunca un texto marxista –marxistas son… ¿los que nacieron en marxo, chamigo? se permitía bromear– hablaba de la lucha de clases como un consumado militante con sólida formación teórica. Lo decía a su modo, con el candor que lo seguía caracterizando:
 
–El mundo se divide en los que viajan en helicóptero y no trabajan, y los que andamos en alpargatas y con nuestro trabajo, chamigo, hacemos que aquellos puedan darse esa vida. En el medio están los que viajan en sulky: con terror de caer hacia la peonada pero siempre mirando para arriba, esperando alguna miga que le deje el patroncito. Por supuesto, a los de abajo nos enseñan toda la vida a resignarnos. Con chamamé nos mantienen, y si protestamos: palo nos cae–.
 
Existía un Código de Trabajo para el empleado agrícola, por supuesto; pero rara vez, o nunca, se respetaba. Por lo pronto no había organización sindical alguna que pudiera hacer valer esos derechos. La protesta surgida en los esteros del Iberá tomó un carácter nacional. Se empezó a hablar incluso, y Toribio era uno de quienes lo hacía, de reforma agraria.
 
Así como fulminante fue el crecimiento en su conciencia política, así también lo fue la recuperación de Anacleto. Era un cáncer de garganta pero no estaba muy avanzado cuando se le comenzó a atender. Con quimioterapia se logró detener y controlar; el proceso pudo revertirse en su totalidad.
 
–Entonces, era cierto: tomado a tiempo, siete de cada diez enfermitos se curan, chamigo–.
 
La movilización generalizada fue una expresión del gran descontento que había en la población. Por miedo, por desidia, por desmotivación, lo cierto es que la gente había perdido la gimnasia de la protesta. Cuidar el mísero puesto de trabajo en una economía cada vez más empantanada era un lujo; levantar la voz, por tanto, había salido de la práctica común de los argentinos. Todo esto que ahora comenzaba a suceder tenía el valor de una primavera, el despertar de un largo sueño.
 
Toribio no tenía la más mínima aspiración de cargos políticos o de participación institucionalizada; se sentía de la base. No conocía otra cosa, y le costaba concebir una vida que no fuera como la suya. La lucha que había iniciado, que en realidad arrancó siendo por la salud de su hijo, le fue despertando cada vez más la conciencia. Su inquebrantable ética de hombre de trabajo, de curtido peón de campo, no varió nunca. Cuando le propusieron un puesto en el gobierno, simplemente sonrió:
 
–Uno come lo que se gana con su trabajo. Si no, es robo. ¡No hay vuelta de hoja!–
 
Como siempre sucede con estas explosiones populares, no se sabe bien qué pueden disparar, hacia dónde van. En este caso, iniciaron un fuego que se extendió sin parar por toda la república haciendo dimitir al presidente. La fuerza que adquirió posteriormente el movimiento no tuvo parangón. Aquella idea de la que con tibieza se había comenzado a hablar en los albores de la protesta, y que cuando Toribio la escuchó por vez primera ni siquiera entendió, lo de reforma agraria, más tarde fue un hecho.
 
Hoy día da gusto escucharlo, ya peinando canas y con once nietos, reflexionar sobre estos acontecimientos:
 
–Si algo aprendí de mi Taragüí porá, chamigo, es que lo que jamás se puede perder es la esperanza–.
 

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